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Durante años, la electrificación se ha planteado principalmente como una solución frente al cambio climático: sustituir tecnologías basadas en combustibles fósiles por alternativas eléctricas, aumentar el peso de las energías renovables y reducir las emisiones. Una lógica clara que sigue siendo plenamente válida.

Sin embargo, la crisis energética que ha vivido Europa ha añadido una nueva dimensión al debate. La electrificación se está convirtiendo también en una estrategia para reforzar la seguridad energética.

Para las empresas, esto es especialmente relevante, porque la seguridad energética está directamente relacionada con su capacidad para controlar la disponibilidad, el coste y la resiliencia de la energía que necesitan para operar.

De la dependencia de los combustibles fósiles a una mayor autonomía energética

Europa continúa dependiendo en gran medida de los combustibles fósiles importados.

El petróleo y el gas natural son materias primas cuyo precio puede verse afectado por tensiones geopolíticas, interrupciones del suministro y acontecimientos que tienen lugar a miles de kilómetros de distancia del punto donde se consume la energía. Una empresa que depende del gas natural para la climatización o determinados procesos industriales tiene un margen de control limitado sobre estos factores externos.

La electrificación permite cambiar parte de esta ecuación.

Sustituir tecnologías basadas en combustibles fósiles por alternativas eléctricas, como bombas de calor, calderas eléctricas, procesos industriales electrificados o movilidad eléctrica, permite que una parte cada vez mayor de la demanda energética se cubra mediante electricidad. Y la electricidad presenta una ventaja estratégica: puede producirse cada vez más de forma local.

La energía solar, la eólica y otras fuentes renovables permiten a los países reducir su dependencia de los combustibles importados. A nivel empresarial, la generación renovable in situ lleva esta lógica un paso más allá. Una fábrica, un almacén, un centro comercial o un hotel equipado con una instalación de autoconsumo solar puede generar una parte de la energía que necesita para desarrollar su actividad.

La electrificación se convierte así en algo más que una vía para reducir emisiones. También puede contribuir a reducir la exposición de las empresas a la dependencia energética externa.

De comprar energía a gestionar la energía

Existe además otra diferencia importante.

La energía procedente de combustibles fósiles se compra y se consume principalmente. La electricidad, en cambio, puede producirse, almacenarse y gestionarse de forma inteligente. Esto cambia el papel de las empresas dentro del sistema energético.

Pensemos en una instalación industrial que electrifica parte de sus procesos. Si la electrificación simplemente sustituye el consumo de gas por electricidad adquirida de la red, los beneficios pueden ser limitados.

Pero si la electrificación se combina con autoconsumo solar, almacenamiento mediante baterías, eficiencia energética y sistemas de gestión energética, el escenario cambia considerablemente.

La empresa puede generar parte de su electricidad localmente, almacenar los excedentes, optimizar su consumo en función de las necesidades de producción o de las condiciones del mercado y, potencialmente, adaptar su demanda cuando los precios de la electricidad sean más elevados.

De esta forma, pasa de ser un consumidor pasivo de energía a convertirse en un gestor activo de su energía.

Más electrificación requiere más inteligencia energética

La electrificación incrementa la demanda de electricidad. Si no se gestiona adecuadamente, puede aumentar los picos de consumo, requerir una mayor capacidad de conexión a la red y, potencialmente, elevar los costes energéticos.

Por eso, la electrificación no puede plantearse de forma aislada. A medida que más procesos industriales, edificios y medios de transporte se electrifican, las empresas necesitarán tener una mayor visibilidad sobre cómo, cuándo y cuánto consumen.

La gestión energética, el almacenamiento y la flexibilidad adquieren así una importancia cada vez mayor.

La cuestión ya no es únicamente si un determinado proceso puede electrificarse. Las empresas también deben preguntarse:

  • ¿Cómo se producirá la electricidad adicional que necesitaremos?
  • ¿Cuándo se consumirá?
  • ¿Cómo podemos optimizar la demanda?
  • ¿Qué impacto tendrá sobre nuestra conexión a la red?

Las estrategias de electrificación más competitivas serán aquellas capaces de responder a todas estas cuestiones de forma conjunta.

La resiliencia se convierte en una prioridad empresarial

La volatilidad experimentada recientemente por los mercados energéticos ha demostrado hasta qué punto los costes de la energía pueden afectar al rendimiento de una empresa.

Para las compañías con un consumo energético elevado, un incremento repentino de los precios del gas o de la electricidad puede tener un impacto significativo sobre los márgenes operativos y, en situaciones extremas, incluso sobre las decisiones de producción.

La electrificación no elimina por sí sola el riesgo asociado a los precios de la energía. Sin embargo, puede proporcionar a las empresas más herramientas para gestionarlo.

Un sistema eléctrico cada vez más descentralizado permite combinar la electricidad de la red con generación renovable local, almacenamiento y un consumo flexible. Esto genera alternativas. Y, en materia de estrategia energética, disponer de alternativas se traduce en una mayor resiliencia.

Una empresa capaz de generar parte de su electricidad, adaptar sus patrones de consumo y almacenar energía presenta una estructura energética muy diferente a la de una organización que depende completamente de la compra de un único combustible en el mercado.

Seguridad energética y competitividad: dos caras de la misma moneda

Por todo ello, el debate en torno a la electrificación está cambiando.

La dimensión medioambiental sigue siendo fundamental, pero los argumentos económicos y estratégicos están adquiriendo cada vez más peso.

La electrificación puede contribuir simultáneamente a tres objetivos:

  • Reducir la dependencia de los combustibles fósiles.
  • Mejorar el control sobre los costes energéticos.
  • Aumentar la resiliencia operativa.

Para las empresas, estos objetivos convergen en una cuestión fundamental: la competitividad.

Las compañías que tienen un mayor control sobre su sistema energético están mejor posicionadas para gestionar la volatilidad, integrar energías renovables y adaptarse a un mercado eléctrico cada vez más complejo.

El siguiente paso: estrategias energéticas integradas

En Helexia, entendemos cada vez más la electrificación como parte de una transformación más amplia de la forma en la que las empresas producen y consumen energía.

El autoconsumo solar, el almacenamiento mediante baterías, la eficiencia energética, la electrificación, la flexibilidad y la gestión activa de la energía no deberían abordarse como proyectos independientes.

En conjunto, forman parte de una estrategia energética integrada.

El objetivo no tiene por qué ser alcanzar una independencia energética completa. Para la mayoría de las empresas, esto no sería ni práctico ni necesariamente la opción más eficiente desde el punto de vista económico.

El objetivo es alcanzar algo más realista y estratégicamente valioso: un mayor control sobre la energía.

Europa comenzó a acelerar la electrificación ante la necesidad de avanzar en la descarbonización. Hoy existe otro motivo de peso.

En un entorno energético cada vez más incierto, la electrificación también puede ayudar a empresas y países a ser menos dependientes, más resilientes y, en última instancia, más competitivos.